viernes, 1 de mayo de 2020

Ventana

Abrió los ojos para encontrarse con una extraña percepción de calma y vio el techo blanquísimo iluminado por la tenue luz que provenía del exterior. En el silencio que reinaba en la recámara escuchó el murmullo del tráfico más allá de las paredes de su casa y el canto alegre de algunos pájaros que en ese momento no supo identificar a pesar de que había sido una amante de la ornitología. 

Desde donde se encontraba no percibía ningún movimiento, ninguna señal de que otro ser viviente compartiera ese espacio. Obviamente sabía que nunca estaba totalmente sola porque siempre te acompañan los millones de bacterias que pueblan tu cuerpo, pero nada más allá de esos microorganismos que la protegían de la invasión de patógenos.

Levantó un brazo para mirarse las manos que le hormigueaban por la mala posición y sintió cómo una descarga eléctrica le recorría el cuerpo causándole un dolor indescriptible. Se incorporó apoyándose sobre el codo y una sensación nauseabunda le subió por el esófago, por lo que intentó levantarse más lentamente. El suelo sobre el que yacía se había calentado con el reposo de su cuerpo pero a su alrededor las baldosas estaban heladas, lo cual dificultaba más el proceso de incorporación. Cuando pudo ponerse en pie, se dio cuenta de que solo llevaba puesta la ropa interior y se sintió todavía más vulnerable. Con la cabeza agachada mirándose los pies y dando pequeños pasos para no perder el equilibrio, se acercó al espejo que cubría la puerta del armario, el cual le devolvió un relejo aterrador. Todo su cuerpo estaba cubierto de las manchas de semanas de golpes: algunas recientes del color morado de la sangre machacada y otras que llevaban más tiempo como complemento de su piel y que ya estaban a punto de desaparecer en tonos amarillentos. Su pelo despeinado caía lacio sobre sus hombros y se arremolinaba sobre su frente. La visión de su cuerpo hizo que las lágrimas brotaran de sus ojos ante la irreconocible figura que tenía ante sí. Se apartó un mechón de la cara y se enjugó las lágrimas como pudo. Se vistió con lo primero que encontró y fue hasta la puerta de la casa, vacía pero llena de dolor. Estaba cerrada con llave, como siempre, y la desesperación la invadió. Necesitaba salir de esas cuatro paredes. 

Recorrió el pasillo lo más rápido que pudo al ver la hora que marcaba el reloj. Le quedaba poco tiempo de soledad. Llegó al salón diáfano donde un biombo tapaba la luz procedente del jardín y ocultaba las vistas de los árboles bajo los que antaño había compartido un amor ya roto. Solo necesitaba algo contundente para acabar con esa vida de ensueño que se había torcido hacía ya tiempo y que se había cansado de soportar. Sobre la mesa estaba el cenicero de metal que aquel hombre que la retenía había llenado de colillas. Volcó el contenido sin preocuparse de ensuciar el lugar que no tendría que volver a limpiar y sin pensárselo dos veces, lo lanzó contra la cristalera que la separaba de su libertad. El vidrio se desperdigó por el suelo en pedazos diminutos produciendo un estruendo y dejando entrar una ráfaga de aire frío que hizo ondear la fina cortina que ocultaba la vida que se desarrollaba en el interior de ese lugar. Había olvidado el roce del aire con su piel. Se subió en una silla para sortear el obstáculo y cuando puso el primer pie sobre el alféizar de la ventana sintió cómo su vida iba a cambiar a partir de entonces.

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